Margine Blandón: La voz de una madre que denuncia cómo en Nicaragua la solidaridad se castiga como un crimen

Entrevista por: Lola Rivera

La voz de Margine Blandón, madre de Jaime Enrique Navarrete Blandón, se quiebra y se endurece al mismo tiempo cuando relata la historia de su hijo. Es un testimonio desgarrador, lleno de repeticiones, de preguntas sin respuesta, de dolor acumulado durante más de siete años y medio. Su hijo, que vivió en Estados Unidos desde los tres años y se encontraba en el proceso de alcanzar la ciudadanía estadounidense, chef de profesión, fue detenido en Nicaragua en junio de 2018 y desde entonces ha vivido un infierno de torturas, juicios sin pruebas y condenas cumplidas que no se traducen en libertad.

Margine habla desde la desesperación, pero también desde la firmeza de una madre que no se resigna. Cada palabra suya es un golpe contra la indiferencia y un recordatorio de la magnitud de las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua, desde el levantamiento popular de 2018 en contra de la dinastía sandinista de la familia de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, que gobiernan el país desde 2006 hasta la fecha.

“Mi nombre es Margine Blandón, soy la madre de Jaime Enrique Navarrete Blandón, preso político que tiene siete años y ocho meses de estar detenido en las cárceles de máxima seguridad de Nicaragua”, comienza diciendo.

Su relato se remonta a la primera detención. Jaime se había unido a una protesta en defensa de los ancianos a quienes se les estaban quitando beneficios del seguro social. “A él no le pareció y se unió a la protesta con su bandera, y ahí es donde inició este problema para él”, explica Margine.

Como chef, Jaime también llevaba comida a los estudiantes que estaban en paro en la universidad UPOLI, (Universidad Politécnica de Nicaragua), un centro de estudios superiores que fue el primer bastión de lucha de los estudiantes, primero por la negativa a la seguridad social de los ancianos y posteriormente por la libertad del país. 

Ese gesto de solidaridad fue interpretado por el régimen como una amenaza. “El momento en que él fue arrestado fue por la madrugada en su casa habitación. Primero lo amenazaban por los medios, y después llegaron a la madrugada. Fue horrible todo lo que hicieron con él, todas las torturas, la grosería, los robos, la casa destruida. Eran paramilitares y policías, y fue algo muy horrible, lo que le hicieron a mi hijo en su casa de habitación”.

Margine sostiene que su hijo no tenía vínculos políticos. “Mi hijo no vivía en Nicaragua. Él creció desde los tres años en California. Mi hijo no conoce Nicaragua, no tiene amistades en Nicaragua. Para él era nuevo todo. Y es lo más lamentable, porque cuando a él lo arrestaron, le aplicaron todo tipo de torturas”.

Los interrogatorios eran absurdos: “La pregunta de ellos era: ¿Quién lo envió? ¿Quién lo financiaba de la CIA? ¿Dónde estaban las armas? ¿Dónde estaban las otras personas? Ignorando él de qué le estaban hablando”.

Margine se pregunta una y otra vez por qué tanta maldad. “No entiendo por qué se han ensañado tanto, por qué tanta tortura, por qué le hicieron tanto daño. No encuentro respuesta ni razón. No la hay. No entiendo nada, sinceramente. Me encuentro sin salida. Mi única esperanza es mi fe en Dios, que pueda lograr un día ver a mi hijo en libertad”.

El relato de Margine sobre las torturas es estremecedor: “Cuando lo apresaron el 15 de junio del 2018, las torturas fueron crueles dentro de su casa. Él está marcado de muchas maneras. Le dieron con la cacha de la pistola en su frente, en su sien. Tiene ahí las cicatrices. Sus labios reventados completamente. Para hablar lleva su boquita para un lado. Su nariz destruida, deformada. Fue quemado con cigarros en su espalda. Fue bañado de gasolina porque lo iban a quemar. La punta de un fusil AK le fue introducida en su parte íntima. Fue muy cruel todo lo que ha pasado mi hijo”.

Lo acusaron de un crimen que no cometió y le dieron 23 años de prisión. Sin embargo, salió por amnistía en junio de 2019. “Cuatro días antes deportaron a su esposa americana. Le cobraron cinco mil dólares y le dijeron que si no salía en 72 horas iba a ser arrestada. La muchacha tuvo que venirse y dejarlo solo. Esa fue la peor tortura también”.

Tras su liberación, Jaime siguió siendo vigilado. “Estuvieron vigilándolo 24 horas al día. Como él estaba resentido, dolido, enojado, siempre salía con su bandera en su casa para que los policías se fueran. Entonces lograron un día engañarlo y lo volvieron a torturar, a golpear. Ahora lo acusaron de otras mentiras. Le pusieron droga y armas según ellos. Destruyeron otra vez su casa, robaron otra vez, le quebraron las costillas, le volvieron a quebrar la nariz, le reventaron sus pies a patadas, le dieron en su cabeza”.

En una audiencia, Margine presenció cómo lo arrojaban desde un segundo piso. “Yo le había llevado medicina. Le dije al juez: ‘vea, mi hijo se está muriendo de dolor y no le dan medicina’. Entonces vino un oficial y lo tiró del segundo piso. Se quebraron sus costillas de nuevo. Ha sido algo terrible, algo que no tiene nombre”.

En su segunda condena, Jaime recibió cuatro años y seis meses. “Ese tiempo ya lo cumplió el 28 de enero del 2023. O sea que mi hijo está por tres años más, injustamente, habiendo cumplido condena y no le han dado su libertad”.

Margine recuerda que la ONU y la OEA exigieron su liberación inmediata. “Pero no entiendo por qué no han acatado órdenes. Los derechos humanos internacionales también han dado medidas cautelares y provisionales. Una organización de derechos humanos me ha ayudado bastante. Ellos van cada mes van escribiendo, archivando la situación que vive mi hijo en la cárcel y lo llevan a medios internacionales. Pero no hay respuesta. Si la ONU exigió su libertad, si la OEA exigió su libertad, ¿por qué ellos tienen que seguir reteniendo a mi hijo?”, se pregunta sin encontrar respuestas, Margine.

Margine describe las condiciones de la cárcel: “Siempre ha estado aislado en máxima seguridad, llamada La 300, solo en una celda paupérrima, sin baño, con pestilencia. Lo golpeaban algunos policías, lo maltrataban. Le decían que no tiene familia, que su madre lo abandonó, que ahí va a morir. Pasó siete meses y medio sin la comida que le enviábamos, sin paquetería, sin jabón, sin papel higiénico. Absolutamente sin nada”.

Su salud se ha deteriorado: “No puede respirar, se ayuda por su boca. Dice que le dan muchos mareos y tiene mucho dolor en su cuerpo por la falta del sol. Nunca puedo tener noticias de él porque me lo tienen aislado. Lo trasladan de celda sin explicación. Se siente muy fatigado”.

Margine ha evitado denunciar públicamente en Estados Unidos por miedo a represalias. “Soy ciudadana americana y tengo la oportunidad de hacerlo, pero tengo temor de que castiguen a mi hijo, que le quiten el derecho a su comida o a su visita. Pero estoy en proceso de iniciar esa queja”.

Su testimonio concluye con una súplica: “Sinceramente, yo necesito ayuda, necesito la libertad de mi hijo. Quiero ver a mi hijo, quiero saber la verdad de mi hijo. Tengo tres años de rodillas. Le pido a Dios fortaleza, salud para no claudicar, para poder ver en libertad a mi hijo y descansar en paz”.

El caso de Jaime Enrique Navarrete Blandón es un ejemplo brutal de cómo la represión en Nicaragua castiga la solidaridad y la humanidad como si fueran crímenes. Un residente estadounidense, sin vínculos políticos, ha sido detenido, torturado y condenado injustamente. Su madre, Margine Blandón, ha levantado la voz con desgarro y valentía, denunciando una injusticia que ya supera los siete años y medio.

Este testimonio no solo revela la tragedia de una familia, sino también la magnitud de las violaciones a los derechos humanos en Nicaragua. Es un relato que interpela a la comunidad internacional y que exige respuestas inmediatas.