¿El acorde final de una ilusión o la coherencia permanente de un símbolo? 

Para varias generaciones en América Latina, la voz de Silvio Rodríguez no fue solo música; fue una educación sentimental y una brújula ética. En mi caso, como hija de la postguerra en Nicaragua, crecí habitando su mística, convencida de que su canción era un arma de futuro y su guitarra el instrumento para construirlo. 

Sin embargo, hay imágenes que tienen el peso de una sentencia y silencian cualquier arpegio. Ver a Silvio portar un arma de guerra es, quizás, el acorde final de una ilusión. Sin embargo, el debate no es unánime. Persisten quienes defienden el genio musical incuestionable de Silvio y otros para quienes estos actos, por más anacrónicos o incluso ridículos que parezcan, no son sino la confirmación de su coherencia discursiva. 

La escena se divide en una dramaturgia cruda, despojada de cualquier lirismo: primer acto: Silvio Rodríguez exige públicamente su fusil AKM. No es una metáfora sobre la «era que está pariendo un corazón»; es una petición literal de un instrumento de hierro y fuego; segundo acto: El trovador recibe el fusil de manos de las más altas autoridades del Estado. En esta secuencia no hay poética. La obra se cuenta sola y rompe el cerco de la mística revolucionaria para enfrentarnos a la frialdad de los hechos. 

Pero, ¿por qué nos impresiona tanto este comportamiento? ¿Era Silvio acaso la reserva moral de la Revolución Cubana? No lo sé. Lo cierto es que su camino, aunque accidentado, ha sido inquebrantable. Para muchos, cuando el poeta cambia la madera de la guitarra por el metal del fusil, el símbolo muere. 

La ambigüedad que permitía a miles de jóvenes en el continente adaptar sus versos a sus propias luchas de libertad se desvanece; lo que queda es la literalidad de la militancia institucional. Esto nos coloca frente al eterno y hoy urgente debate: ¿Es posible separar al artista de su obra? 

En el caso de Silvio, el dilema es una trampa. El trovador jamás ha pedido esa separación; por el contrario, ha soldado su identidad y su prestigio a un proyecto político específico. Su obra es, por definición, canción comprometida. 

El yo lírico que canta a la justicia siempre ha sido el mismo hombre que empuña el arma; intentar dividirlos es un ejercicio de negación. ¿Entonces, existe realmente una ruptura de contrato? 

Debemos ser justos: para muchos cubanos, según se desprende de reportes de medios y analistas políticos, el contrato estaba roto hace muchos, muchos años. Afirman que, para la mayoría cubana, Silvio no era el bardo de la utopía, sino el símbolo de un cuerpo caquéctico; una representación de las ideas revolucionarias consumidas por una agobiante pobreza, represión y desesperanza. 

En la isla, su figura ya no encarnaba la vanguardia, sino el estancamiento de un arte y una literatura vigilados. Para ese público, y para una gran parte de la intelectualidad crítica en América Latina, Silvio ya no representaba nada, aunque justo el año pasado llenaba conciertos en Argentina y Chile. 

Por ello, debemos reconocer que aún existía un sector, quizás nostálgico, quizás ciego, que se aferraba a la mística del poeta. Y entonces surge otra necesidad urgente: la de desmitificar a nuestros héroes. Porque Silvio no deja de ser el genio de los versos que abanderaron revoluciones y que enamoraron nuestros corazones.

También debemos refrendar el derecho del poeta a elegir su destino y defender sus militancias. Si en algo no nos ha defraudado Silvio, es en su coherencia y en sus letras. El acto del fusil no es una traición nueva; quizás ni siquiera es una traición, sino simplemente un paso más en ese camino que nos recuerda la historia maldita que se repite en América Latina. Porque de intervenciones, bloqueos, saqueos y luchas armadas sabemos muy bien los nicaragüenses y los cubanos. 

Nos enfrentamos a la desmitificación. La realidad ha sido más fuerte que la canción, pero aunque nos enfrentemos a la caída del mito, jamás nos enfrentaremos a la vergüenza, porque si por algo han luchado incansablemente los pueblos de América Latina es por la libertad. 

Al final, cuando el bardo de la revolución decide que la metáfora ya no es suficiente y reclama el plomo, nos obliga a elegir. Pongamos, pues, sobre el tablero todas las fichas del juego y aceptemos que la crueldad de los hechos trasciende a un solo personaje. 

Si algo será eterno, será el coraje, las rimas y los versos de Silvio. Al fin y al cabo, como toda necia, yo igual que él: me muero como viví.