Recuerdo que cuando inicie en el periodismo muchos de mis colegas me decían que lo más difícil para un reportero es enfrentarse a la hoja en blanco, pero cuando no existe hoja para escribir, cuando se apagan las luces y las voces se callan ¿qué queda? Estas palabras no son un ejercicio periodista sino un acto de memoria y sanación.
Muchos se preguntan por qué no corrí hacia la frontera cuando las caravanas de colegas partieron, buscando el oxígeno que aquí se nos negaba. La respuesta no cabe en una frase heroica; cabe en los pasillos de mi casa. Me quedé porque mi primera trinchera tiene el rostro de mi hijo, los ojos de mi madre y la fragilidad de mi abuela de 105 años. Aquí, en el barrio, cerca del ceibo y las ruinas de una quinta convertida en centro escolar tras el destronamiento de la revolución sandinista. En este rincón del mundo mi resistencia no se mide en primicias sino en la capacidad de ser el pilar de tres generaciones mientras el país se desmorona afuera.
Pero mi decisión de quedarme no es solo una circunstancia de cuidados; es una posición política firme de resistencia ante el destierro y la migración forzada que la dictadura intenta imponernos como único escape. Me niego a ser una cifra más en las estadísticas de la diáspora. Permanecer en Nicaragua es mi manera de decir que este suelo también me pertenece, que mis raíces son más profundas que el miedo y que mis costumbres no son negociables.
Quedarme fue una decisión consciente y una posición política con consecuencias humanas, psicológicas, sociales y laborales sin precedentes para mi familia y para mí. Escribir bajo anonimato durante los últimos años ha sido como gritar bajo el agua: mis palabras llegaban a la superficie a través de medios internacionales, pero mi nombre se quedaba hundido, oculto por un muro de paramilitares y leyes que criminalizan el pensamiento. El anonimato fue el precio de la supervivencia, pero también el inicio de una ‘muerte civil’ que busca borrarnos antes de tiempo.
El periodismo en Nicaragua no ha muerto, pero agoniza lentamente bajo la represión, medios confiscados y cerrados, periodistas empujados al exilio y un dominio completo del Estado de los medios de comunicación masivos han logrado mermar en el periodismo independiente.
Ponerle nombre y rostro a quienes en medio de esta avalancha de cambios resistimos en Nicaragua requiere una declaración de consecuencias, no solamente he perdido mi trabajo por la dictadura Sandinista sino también por los cambios que han alterado el rumbo del mundo actual y que han llevado al cierre de mi otra fuente de trabajo como Freelancer para una agencia de noticias en el exterior.
La perdida de mi última fuente de ingresos y la muerte civil dentro de Nicaragua me dejaron en estado de supervivencia, al igual que a muchos colegas que permanecen en el país haciendo malabares para poder sostener a su familia. Y es que si la crisis es terrible para los que están afuera los que nos quedamos no la estamos pasando mejor.
“Vendí mi colección de Star Wars”, “apenas logro sobrevivir y esto que me estoy ganando ya lo debo” me comentó un colega que solía escribir excelentes artículos para El Nuevo Diario, también un gran amigo que me vio crecer en este medio desde mis inicios hace unos 15 años en Radio Maranatha.
Ver reducido de esa manera a un colega del que aprendí tanto y con él que crecí me destrozo el corazón. Claro, yo no estaba en mejores condiciones, pero me pregunte: ¿Y ahora qué?
¿Qué queda de nosotros? ¿Para dónde vamos? ¿A dónde caminos? ¿Sobre qué escribimos? ¿En que pensamos? ¿Cómo mantenemos a nuestras familias? ¿Como buscamos nuevas formas de ingresos? ¿Quién va a querer contratarnos?
Preguntas, es lo que hacemos los periodistas. Ahora quizás las preguntas más difíciles de nuestra carrera. ¿Nos resignamos a que en Nicaragua no queda nada para el periodismo independiente? ¿Mantenemos viva una resistencia anónima y casi invisible para los demás? Por ahora solo preguntas.
Me he pasado el último año tocando puertas, llamando a los pocos medios nacionales que aún funcionan en el país, escribiendo a mis exjefes que aún trabajan en los pocos medios que quedaron reducidos en complacer a la dictadura. ¿Podría yo acoso contar una nota sobre la bondadosa entrega de buses que hace el gobierno? Al menos para un medio “independiente”. No lo sé. El caso es que nadie me ha dado respuestas, quizás nadie se atrevería a quemarse conmigo. Un rostro conocido, una historia bastante contada, una periodista feminista.
La cosa es que luego de un año sin empleo, mi situación ni es diferente a la de otros colegas que siguen en el país, la precarización de mi vida y la de los míos se agudiza día con día. Me he desprendido de apreciados cuadros, libros, recuerdos, y me he visto reducida e incapaz.
Aun así, las pérdidas más dolorosas se cuentan en las ausencias; amigos y amigas que hemos visto partir a lo largo de estos ocho años, dejando un vacío que el eco del barrio no logra llenar. Cada despedida en la terminal de buses o en un mensaje de WhatsApp es una pequeña amputación de nuestra historia colectiva.
No es derrota, es permanencia
No creo que hoy pueda responder a todas las preguntas que nos sobrecogen y nos invaden como fantasmas, lo cierto es que existimos y resistimos porque como una vez dijo Tamara Dávila: Vivir dentro de Nicaragua es un acto de resistencia cotidiana.
Me resisto a renunciar a la esperanza, la esperanza de volver a reencontrarme con mis colegas, de volver a las tertulias con mis amigas, de salir a la calle con mi micrófono para hacer una nota tonta sobre el precio de la canasta básica, una nota de color sobre los artistas en la calle, una investigación importante sobre cómo anda la economía del país.
Cuando la última luz de la redacción se apaga y el silencio de la censura parece ganarlo todo, me refugio en el sonido de la respiración de los míos. Mi resistencia hoy es un acto de jardinería política: cuidar que la raíz no se seque, aunque el agua escasee y el sol calcine.
Porque existe una pregunta para que la sí tengo una respuesta indiscutible: Cuando todo termine, alguien tiene que contar la historia desde adentro. Y aquí lo estamos viviendo todo. Sé que para el mundo soy una firma invisible, un espectro que hace malabares entre el periodismo y la supervivencia. Pero aquí, bajo la sombra del ceibo que sigue en pie a pesar de tantas tormentas, mi existencia es plena y ruidosa.
Me quedé para ser la memoria que no se puede confiscar. Me quedé para que, cuando el país finalmente despierte de esta larga noche, haya alguien que pueda decir: ‘Yo estuve aquí, yo vi cómo resistimos, y estas son las raíces que no pudieron arrancar’.»
Hoy, la asfixia económica intenta terminar lo que las balas y el asedio no pudieron en 2018. Sin embargo, aquí sigo. Sin firma oficial, pero con la memoria intacta. Porque cuando se apagan las luces y las voces se callan, lo que queda es la dignidad de quien no permitió que el miedo le robara su identidad de cuidadora, de madre y, sobre todo, de periodista.