“La memoria más valiosa es la que uno logra integrar sin que desgarre”

TESTIMONIO

Perdí a mis padres a los seis años y medio. Y no tengo recuerdos de ellos. Ninguno. Es como si mi memoria hubiera puesto un muro. No puedo reconstruir una rutina, una escena, una imagen clara. Hay un bloqueo. No es que no quiera recordar: es que no puedo.

Durante mucho tiempo pensé que tenía que ir lejos para encontrar respuestas. Como si la búsqueda fuera un viaje físico, como si tuviera que moverme, cambiar de ciudad, de país, de paisaje. Pero un día entendí algo distinto: la búsqueda no estaba afuera. Estaba adentro.

Siempre me vi como un viajero, como alguien en tránsito. No en el sentido de escapar, sino de caminar sin detenerse. Uno cuando camina mira hacia adelante. Deja una estela atrás, pero no la observa. Hasta que un día me detuve. Me paré frente a un espejo. Y ahí entendí que lo que estaba buscando era el arraigo del amor de mis padres. Ese vacío que dejó su ausencia. O tal vez ese vacío que yo mismo construí para poder sobrevivir.

Lo que sí recuerdo es que vivía con mi abuela paterna, en Santiago, en un barrio muy humilde. No era una favela, pero era un lugar modesto. Salía a jugar a la calle, al patio. Y en mi percepción de niño, mis padres siempre estaban fuera. Hoy me pregunto si aquella casa era una casa de seguridad. No lo sé.

Después del operativo en el que los mataron, mi vida cambió de una forma que yo no entendía. Llegaron mis tíos paternos, me llenaban de regalos. Como si los objetos pudieran reemplazar una pérdida. Pero nadie me dijo la verdad. Nadie tuvo el valor de decirme que mis padres habían muerto. Me decían que se habían ido de viaje, que después volverían. Yo vivía en esa mentira.

Sin embargo, tengo una imagen que nunca se fue. Recuerdo haber estado en un funeral. No sé si el de mi padre o el de mi madre. Lo que sí recuerdo es la presencia militar: tanquetas, torretas, hombres vigilando quién entraba y quién salía. Años después entendí que mi padre era una figura importante dentro de la estructura guerrillera. Había estado en la Unión Soviética, en Cuba; era un “preparador”. Mi madre también era guerrillera, pero su rol era distinto.

A mi padre lo fueron a buscar directamente para matarlo. A mi madre la detuvieron y la llevaron a una casa que luego fue escenario de una ejecución encubierta. La CNI, la Central Nacional de Informacion, montó un falso enfrentamiento. Dispararon, manipularon la escena, trajeron sus camaras de television, registraron todo como si hubiera sido un combate. Pero no lo fue.

Yo no entendía nada de eso en ese momento. Solo sabía que me sentía distinto. Siempre fui “el diferente”. El niño al que le faltaba algo que los demás sí tenían. El niño del que nadie hablaba claramente. El niño que creció con una historia fragmentada.

Un año después de la muerte de mis padres, mi abuela se cayó. Y entonces apareció mi abuelo materno, a quien nunca había visto. Mi vida volvió a desplazarse. Siempre desplazamiento. Siempre movimiento.

Hoy tengo 44 años. Y recién ahora comprendo que mi búsqueda no era geográfica. No era política. No era histórica. Era emocional. Buscaba entender ese vacío, reconciliarme con esa ausencia, dejar de vivir desde la carencia.

La dictadura o tambien considerado por muchos gobierno militar de Pinochet no solo eliminó cuerpos. También fragmentó memorias. Interrumpió infancias. Instaló silencios. Yo crecí dentro de uno de esos silencios.

Y ahora, después de tantos años de caminar hacia adelante, me detuve. Me miré al espejo. Y entendí que la búsqueda es, finalmente, el intento de reconstruir el amor que no pude recordar.

Después de la muerte de mis padres, no solo perdí una familia: perdí el territorio conocido.

Un día, literalmente, me “extrajeron”. Así lo siento hasta hoy. Me sacaron de Santiago y me llevaron al norte, a Calama, en pleno desierto. Imagínate pasar de una capital a un paisaje árido, aislado, sin amigos, sin referentes. Vivía con mi abuelo materno y su pareja, Gabriela, mi querida Gaby, quien terminó siendo la figura más cercana a una madre que tuve en esos años.

Yo tenía siete años. Mi línea de tiempo es clara cuando la pongo en orden:  de 1 a 7 años, con mi abuela paterna, en Santiago; de 7 a 12 años, con mi abuelo materno, en Calama; de 12 a 16/17; con mi tía materna; luego universidad; y un breve regreso con mi abuelo hasta los 19.

Siempre desplazamiento. Siempre adaptación. Cuando llegué a la nueva ciudad era “el niño huérfano”. El niño diferente. El “guacho”. El hijo de extremistas. El comunista. Crecí en un ambiente donde el regreso a la democracia en 1989 todavía no limpiaba los discursos ni las miradas. El estigma seguía ahí.

Mi abuelo materno era socialista, profundamente político. Había sido regidor, impulsó la biblioteca de la pequeña ciudad, era un gran orador, de esa generación latinoamericana que creía en la palabra como herramienta para mover masas. En su casa había fotos con Salvador Allende. Era un hombre brillante intelectualmente, pero muy poco emocional.

El Estado le entregaba dinero como reparación tras el retorno a la democracia, a partir de los informes oficiales sobre víctimas, como el Informe Rettig y posteriormente el Informe Valech. Yo era parte de ese registro histórico, aunque en ese momento no entendía nada.

Con los años comprendí algo más complejo: cuando yo vivía con mi abuelo llegó una carta desde Finlandia. Querían sacarme de Chile. Extraerme del país. Mi abuelo se negó. Hoy estoy convencido de que también influyó el dinero de reparación que él recibía por mi tutela. En ese momento no lo entendí; de adulto sí lo veo con otros ojos.

El amor no era evidente. Mi abuelo no era un hombre cariñoso. Gaby fue quien me dio algo parecido a un sostén emocional. En la casa había un perro que terminó siendo mi verdadero compañero. Fui un niño retraído. Callado. Observador. Hasta hoy me cuesta bailar, me cuesta sentirme expuesto. Es como si siempre hubiera aprendido a pasar desapercibido, aunque físicamente sea imposible.

Crecí sin que nadie me hablara directamente de mis padres. En la casa de mi abuelo era un tema tabú. Pero la información llegaba fragmentada, por terceros.

Con los años entendí que mis padres no eran simplemente “extremistas”, como repetía el discurso oficial. Pertenecían al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Mi padre era un “preparador” o mejor dicho un agente: entrenamiento en armas, en estrategia, en formación. Mi madre también era guerrillera. A él lo fueron a matar directamente. A ella la detuvieron y la ejecutaron en un montaje de falso enfrentamiento organizado por la CNI.

He escuchado versiones que vinculan a mi padre con operaciones de alto nivel, incluso relacionadas con figuras como Jaime Guzmán o con intentos contra Pinochet. No tengo pruebas definitivas y creo que no las necesito, no es algo que importe, son partes de la memoria de un personaje, prefiero quedame con la historia del hombre. Son historias que circulan. Lo que sí sé es que su muerte fue parte de un engranaje político mayor.

También he escuchado que mi madre podría haber estado embarazada cuando murió. Nunca lo sabré con certeza. En esa época, los registros no eran transparentes. Lo que sí sé es que quedé solo.

Mi familia paterna era numerosa, de origen criollo chileno. Carpinteros, trabajadores, gente de barrio. Con diferencias marcadas: uno profundamente familiar, otro que tomó distancia, otro absorbido por el dinero. Historias comunes de pobreza y movilidad social desigual.

Mi familia materna era distinta: migraciones desde Bolivia, mezcla de ascendencias, un abuelo intelectual y político, una abuela impulsiva, nómada, adelantada a su época. Una mujer que huyó del dolor como pudo, que osciló entre la bohemia y la religión, entre el duelo y la rabia.

Mi abuela materna nunca logró reconciliarse con la muerte de su hija. Yo me convertí en una especie de sustituto simbólico. El nieto que representaba lo que no pudo sanar.

Crecí entre silencios, contradicciones, ideologías, culpas y afectos fragmentados. Pero también crecí entre relatos. Y creo que fue eso lo que me salvó.

A los diecinueve años, cuando salgo definitivamente de la casa de mi abuelo, empieza mi autonomía real. Y ahí ocurre algo interesante: lejos de convertirme en una persona resentida, desarrollé una mirada crítica.

No es ideología lo que me define hoy. Es perspectiva.

Entiendo el pasado desde el presente. Entiendo que la dictadura no solo mató personas: fracturó generaciones. Entiendo que mis padres tomaron decisiones en un contexto histórico extremo. Entiendo también que cada miembro de mi familia hizo lo que pudo con las herramientas emocionales que tenía.

No crecí con rencor como identidad. Transformé ese rencor potencial en algo productivo. Si me hubiera quedado en Chile, tal vez mi camino profesional habría sido distinto. El desplazamiento —que en su momento fue dolor— terminó siendo también una posibilidad.

Cuando entré a la universidad tenía diecisiete, casi dieciocho años. En teoría, era el momento en que uno empieza a construir su propio camino. En mi caso, fue más que eso: fue la primera vez que sentí que podía existir fuera de la historia de mis padres.

Hasta entonces, siempre fui “el hijo de” …El hijo de los guerrilleros…El huérfano…El caso político…El niño de la reparación.

En la universidad, por primera vez, era solo yo. Pero eso no significa que fuera fácil. Yo venía con una estructura emocional compleja. Había aprendido a adaptarme, a leer el ambiente, a no incomodar demasiado, a pasar desapercibido, aunque físicamente no pudiera. La universidad me obligó a hacer lo contrario: a hablar, a defender ideas, a competir, a posicionarme.

Y ahí empezó algo interesante: mi relación con la política cambió. Crecí rodeado de política. Mi abuelo socialista, las fotos con Salvador Allende, el legado de mis padres en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, el peso histórico de la dictadura de Augusto Pinochet. Pero en la universidad ya no era un relato familiar: era debate público.

Y yo me di cuenta de algo: no quería repetir consignas. No quería heredar ideología como si fuera apellido. Quería entender. 

En ese periodo empecé a notar una tensión muy fuerte dentro de mí. Por un lado: lealtad a la historia de mis padres; orgullo por su convicción; Comprensión del contexto histórico.

Por otro lado: necesidad de construir mi propio criterio; deseo de no quedar atrapado en el pasado; cansancio de ser definido por una tragedia.

Fue en la universidad donde entendí que yo no tenía que ser la continuación automática de nada. Ni del proyecto político de mi abuelo. Ni del sacrificio armado de mis padres. Ni del relato de víctima.

También entendí que mi infancia me había dado herramientas que otros no tenían: capacidad de observar sin hablar demasiado, lectura emocional de las personas, autonomía temprana y resistencia al conflicto.

Pero al mismo tiempo arrastraba: miedo al abandono, dificultad para confiar profundamente, sensación permanente de tener que demostrar valor.

Otro tema complejo en la etapa universitaria fue el dinero. El Estado entregaba recursos como parte de las políticas de reparación posteriores a los informes oficiales, como el Informe Rettig y el Informe Valech. Pero yo viví esa reparación de manera indirecta, mediada por mi abuelo.

Cuando uno es adolescente empieza a hacerse preguntas incómodas: ¿soy una carga?, ¿soy un beneficio económico?, ¿mi tutela fue afecto o administración?

No eran preguntas fáciles. Y tampoco tenían respuestas claras. Pero en la universidad algo cambió: empecé a generar mis propios recursos, mis propias decisiones, mi propio espacio. Y ahí apareció una sensación nueva: dignidad autónoma. Ya no era el niño extraído. Ya no era el nieto administrado. Ya no era el huérfano político. Era un adulto en formación.

A los diecinueve años salí definitivamente de la casa de mi abuelo. Y aunque él había sido una figura clave en mi supervivencia material y estructural, la separación era necesaria. No fue un acto de rebeldía. Fue un acto de identidad. Ahí comenzó la etapa más silenciosa pero más importante: la construcción de mi propia narrativa.

Porque hasta ese momento mi historia era algo que otros contaban sobre mí: los familiares, los sobrevivientes, los vecinos, el Estado.

A partir de la universidad, la historia comenzó a ser mía. Y eso cambia todo. La universidad no solo me dio una profesión. Me dio: distancia emocional para mirar el pasado, capacidad crítica sin fanatismo, Conciencia histórica sin odio, ambición sin culpa.

Tal vez si me hubiera quedado atrapado en el resentimiento, mi vida habría sido distinta. Pero en lugar de convertirme en alguien definido por la pérdida, me convertí en alguien definido por la interpretación. Y eso fue el verdadero quiebre.

Durante años, otros habían contado mi relato. Mi abuelo lo administraba en silencio. Mis familiares lo susurraban con matices. El Estado lo registraba en informes y cifras. Pero en la universidad ocurrió algo distinto: nadie sabía quién era yo. Y ese anonimato fue, al mismo tiempo, aterrador y liberador. Por primera vez no tenía que representar nada.

Sin embargo, la libertad también desnuda. Cuando uno deja de ser definido por una tragedia, tiene que preguntarse quién es sin ella. Y yo no sabía exactamente quién era sin la muerte de mis padres.

Crecí rodeado de política. Pero en la universidad la política ya no era un relato familiar: era debate abierto, consignas, asambleas, posicionamientos públicos.

Y ahí comenzó mi conflicto. Muchos esperaban que yo heredara una postura automática. Que fuera radical. Que estuviera cargado de rabia. Que encarnara la continuidad ideológica de mis padres. Pero yo no quería repetir una historia como si fuera una consigna. Quería comprenderla.

Comprender no es lo mismo que justificar. Y tampoco es lo mismo que renunciar. En esos años descubrí que mi verdadera lucha no era ideológica, era identitaria. Tenía que decidir si mi vida sería una extensión del pasado o una construcción propia.

La universidad me obligó a hablar. A exponerme. A defender ideas frente a otros. Y eso chocaba con mi aprendizaje infantil: el de pasar desapercibido. El de observar antes que intervenir. El de no incomodar.

Yo era un joven grande, físicamente imponente, pero por dentro todavía operaba el niño retraído que aprendió a sobrevivir en silencio. Cada exposición oral, cada debate, era una pequeña batalla contra ese reflejo de invisibilidad.

También apareció el tema del dinero y la dignidad. Durante años mi existencia estuvo vinculada a una reparación económica gestionada por adultos. Yo era, en cierta forma, parte de un expediente histórico. En la universidad, al empezar a generar mis propios ingresos y tomar decisiones propias, apareció una sensación nueva: autonomía real.

No era solo independencia financiera. Era independencia narrativa. Dejé de ser el nieto administrado. Dejé de ser el caso político. Empecé a ser un adulto responsable de sí mismo.

A los diecinueve años salí definitivamente de la casa de mi abuelo. No hubo una pelea dramática ni una ruptura explosiva. Fue más bien un desprendimiento silencioso. Él había cumplido su papel en mi supervivencia material. Pero yo necesitaba construir algo que no estuviera mediado por tutela.

Recuerdo esa etapa como una mezcla de vértigo y alivio. Por un lado, miedo a equivocarme sin red. Por otro, la sensación profunda de que por fin estaba viviendo una vida que me pertenecía.

Y fue en ese proceso donde entendí algo esencial: no tenía que elegir entre honrar a mis padres o ser libre. Podía hacer ambas cosas: honrarlos no significaba replicar su camino, ser libre no significaba negar su historia.

Mi relación con el pasado dejó de ser una carga y comenzó a convertirse en perspectiva. El regimen no solo había matado personas; había fragmentado generaciones. Yo era parte de esa fractura, pero también era prueba de que la fractura no lo define todo.

La universidad no me dio únicamente una profesión. Me dio distancia. Me dio lenguaje para nombrar lo que antes era solo sensación. Me dio herramientas para entender que el resentimiento es una opción, pero no un destino.

Si algo cambió en esos años fue mi manera de mirar el dolor. Dejé de verlo como identidad y empecé a verlo como origen. Y el origen explica, pero no condena.

A los diecinueve años ya no era el niño extraído del desierto. Era un hombre joven, imperfecto, lleno de preguntas, pero capaz de sostener su propia historia sin que esta lo aplastara.

También aprendí que existir sin heredar no significa olvidar. Significa elegir. Y esa fue, probablemente, mi primera decisión verdaderamente adulta.

Salir del país no fue un acto heroico. Tampoco fue una huida. Fue algo más silencioso: una necesidad.

Durante mucho tiempo pensé que mi historia estaba inevitablemente atada a Chile. Que mi identidad estaba construida sobre una geografía específica: Santiago, el desierto de Calama, las decenas de casas donde viví, los silencios familiares, los nombres que pesaban. Todo parecía decirme que mi destino era resolverme ahí, dentro del mismo territorio que había marcado mi infancia.

Pero a veces quedarse es otra forma de quedarse atrapado. No me fui por odio. No me fui por resentimiento. Tampoco me fui persiguiendo una fantasía romántica de empezar de cero. Me fui porque entendí que, para terminar de construir mi identidad, necesitaba distancia. Distancia física, simbólica, emocional.

En Chile yo siempre era “el hijo de”. Incluso cuando nadie lo decía explícitamente, la historia estaba ahí. El apellido, los registros, los relatos fragmentados, los ecos de la dictadura que todavía atravesaban conversaciones y estructuras. El país había cambiado desde el fin del régimen de Augusto Pinochet, pero las capas profundas de memoria seguían activas. Yo necesitaba un lugar donde nadie supiera nada de eso.

Cuando salí del país experimenté algo extraño: por primera vez mi historia no me precedía. Nadie sabía quiénes habían sido mis padres. Nadie conocía el Frente, la CNI, los funerales vigilados, las reparaciones del Estado. Nadie me miraba con compasión ni con sospecha.

Era solo un extranjero más. Y esa condición —la de extranjero— fue profundamente liberadora. Ser extranjero te obliga a reconstruirte desde lo básico. Desde el lenguaje, desde los códigos sociales, desde el trabajo, desde las amistades. Te quita las referencias automáticas. Te deja sin el guion aprendido.

Pero también te obliga a preguntarte: ¿qué partes de mí son verdaderamente mías y cuáles son producto del contexto donde crecí?

Al principio fue duro. Hay una soledad muy particular en el exilio voluntario. No es la soledad trágica del destierro forzado; es una soledad elegida, pero igual de real. No tienes red inmediata. No tienes historia compartida con quienes te rodean. Tienes que construirla.

Y ahí apareció algo que no había visto antes: mi capacidad de adaptación no era solo un mecanismo de supervivencia infantil. Era una fortaleza.

Yo había vivido desplazamientos desde los seis años. Había cambiado de casa, de ciudad, de paises, de continentes hasta de referentes y de figuras parentales. Había aprendido a leer ambientes, a ajustar mi comportamiento, a encontrar estabilidad interna cuando el entorno cambiaba. Todo eso, que en la infancia fue defensa, en la adultez se convirtió en herramienta.

Salir del país me permitió ver a Chile con perspectiva. Entendí que amaba mi historia, pero no estaba obligado a quedarme atrapado en ella. Entendí que podía honrar a mis padres sin reproducir el escenario donde murieron. Entendí que la identidad no es un territorio fijo; es una construcción dinámica.

También apareció una pregunta incómoda: ¿Quién soy si nadie sabe lo que viví?. Durante años mi relato me había dado una forma. Sin él, ¿qué quedaba? Quedaba mi carácter, mi ética, mi forma de mirar el mundo.

Y eso fue revelador. Lejos del país donde todo comenzó, pude integrar mi historia sin que fuera lo primero que los demás vieran. Ya no era el huérfano político. No era el nieto del socialista. No era el expediente de reparación. Era un profesional, un hombre, alguien que tomaba decisiones presentes sin que el pasado dictara cada movimiento.

Eso no significa que el pasado desapareciera. Al contrario: empezó a ocupar un lugar más sano. Dejó de ser una herida abierta y se transformó en una raíz.

Hay algo que comprendí viviendo fuera: el resentimiento necesita proximidad para alimentarse. La distancia lo debilita. No porque borre la injusticia, sino porque amplía el horizonte.

En otro país entendí que mi vida no estaba diseñada para ser una prolongación de la tragedia. Podía construir éxito sin culpa. Podía tener ambición sin traicionar la memoria. Podía vivir bien sin sentir que eso invalidaba el sacrificio de mis padres.

Salir del país fue, en el fondo, un acto de reconciliación conmigo mismo. No fue escapar; fue elegir.

Elegir no ser definido únicamente por una historia de violencia; no cargar el pasado como condena; convertirlo en contexto, no en destino.

Cuando miro hacia atrás, entiendo que ese movimiento fue la culminación de todo lo anterior: la pérdida, el desierto, la universidad, la autonomía. Cada etapa me había preparado para sostenerme sin tutela.

Salir del país no borró mi origen. Lo reubicó. Y por primera vez sentí algo que no había sentido desde niño: estabilidad interior. No porque el mundo fuera más sencillo, sino porque ya no estaba intentando demostrar nada. Simplemente estaba viviendo.

Durante mucho tiempo creí que recordar era un deber: político, moral, filial. Recordar a mis padres no era solo un acto afectivo; era casi una responsabilidad histórica. Ellos habían muerto en un operativo del régimen de Augusto Pinochet en 1987. Su muerte no fue un accidente doméstico ni una enfermedad inevitable. Fue un hecho político. Violento. Intencional.

Y eso convertía la memoria en algo más pesado. La memoria no era solo nostalgia. Era denuncia. Era contexto. Era archivo. Era identidad. Pero con los años entendí algo incómodo: yo no estaba recordando; estaba viviendo dentro del recuerdo.

Hay una diferencia enorme entre honrar la memoria y habitarla como si fuera presente continuo. Durante mi infancia y juventud, la memoria era un territorio rígido. Estaba compuesta por relatos repetidos, fechas exactas, nombres propios, consignas, versiones cerradas de los hechos. La historia tenía una narrativa clara: mis padres eran combatientes, el régimen era criminal, el Estado había cometido un crimen.

Todo eso era cierto. Pero la verdad histórica no siempre coincide con la verdad emocional. Yo no necesitaba más datos. Necesitaba espacio. Reconciliarse con la memoria comenzó cuando me permití una pregunta que antes parecía prohibida o simplemete marginada: ¿Quiénes eran mis padres fuera de la militancia?

Durante años los vi a través del lente político. Guerrilleros. Militantes. Objetivos del Estado. Símbolos. Pero antes de todo eso fueron jóvenes. Se enamoraron. Tuvieron miedo. Dudaron. Tomaron decisiones que implicaban riesgos no solo para ellos, sino para mí.

Ese pensamiento me generó culpa al principio. ¿Cómo podía cuestionar decisiones que terminaron en su muerte?; ¿Cómo podía mirar su historia con matices sin sentir que traicionaba su causa?

Pero la reconciliación no nace de la negación. Nace de la complejidad. Comprendí que mis padres no eran estatuas. Eran personas. Y las personas son contradictorias.

Aceptar eso fue liberador. No les quitó dignidad. Al contrario: los humanizó. Dejaron de ser figuras congeladas en 1987 y comenzaron a existir en mi imaginación como seres completos, con virtudes y con zonas grises.

También tuve que reconciliarme con mi propia historia dentro de esa memoria. Yo no elegí ser hijo de guerrilleros. No elegí crecer en medio del silencio y el estigma. No elegí cargar con un relato que me precedía. Sin embargo, durante mucho tiempo sentí que debía estar a la altura de una épica que no era mía.

Reconciliarse fue aceptar que mi vida no necesita ser una continuación de la suya. Puedo honrar sin repetir. Puedo recordar sin militar. Puedo amar sin convertir el pasado en altar.

Otro momento clave fue entender que la memoria colectiva y la memoria personal no siempre avanzan al mismo ritmo. Chile, como sociedad, ha tenido sus propios procesos de verdad, justicia y negación. Hay quienes todavía relativizan lo ocurrido durante la dictadura de Augusto Pinochet. Hay quienes prefieren olvidar.

Yo ya no necesito que todos estén de acuerdo con mi historia para validarla. La reconciliación me enseñó que la memoria más importante es la que uno logra integrar sin que desgarre.

Hubo un momento —años después, viviendo fuera del país— en que miré una fotografía antigua de mis padres. No sentí rabia. No sentí urgencia. No sentí que debía hacer algo con esa imagen. Sentí ternura. Fue la primera vez. Esa ternura cambió todo. Porque la rabia conecta con el hecho violento. La ternura conecta con el vínculo.

Y yo necesitaba recuperar el vínculo. Recordar dejó de ser un acto político constante y se transformó en un gesto íntimo. A veces aparece en detalles mínimos: una canción de la época, una frase que alguien repite sin saber su origen, un libro subrayado con una letra que reconozco.

Ya no me invade. Me acompaña. Reconciliarse con la memoria no significa perdonar lo imperdonable ni borrar la responsabilidad histórica. Significa que el pasado ya no dicta mi identidad en presente continuo. Hoy puedo decir que mis padres forman parte de mí, pero no me definen por completo.

Soy su hijo. Pero también soy el hombre que construyó su propio camino apoyado de reparaciones que tuvieron un costo inmenso. La memoria dejó de ser una herida abierta y se convirtió en una raíz profunda. Y las raíces no están para inmovilizar.
Están para sostener.